Siempre que me subo a una unidad del transporte colectivo procuro sentarme en las primeras 3 filas de asientos. Por seguridad, por miedo, por fijarme quien se sube, etc… paranoias propias de vivir en El Salvador.
Hacía días que no me iba tan tarde para la universidad, estas semanas he aprovechado que le quedo en la pasada a mi novio y me lleva. Hoy no, así que iba tranquis, sentada en la segunda fila, viendo los rótulos y pensando “vaya, ha estado tranquilo el viaje” buh, para qué pensé eso, en el semáforo donde está la Iglesia Bautista Miramonte, ahí sobre la Juan Pablo II, como el bus venía de hacer parada llevaba abierta la puerta, a medida que nos acercabamos al cruce el semáforo cambió a verde y en un abrir y cerrar de ojos se subieron dos hijos de su nana
bien drogados, si el corazón por poquito y se me sale del pecho, esos locos se brincaron la máquina así bien de película y empezaron a amenazarnos a todos (a todo esto el motorista llevaba música de Vicente Fernández, así que imagínense el deschongue que se armó adentro) y nos dijeron que si no queríamos que nos robaran, que colaboraramos y les dieramos “algo de feria” (y yo sólo llevaba monedas y un billete de $5) traté de no ponerme nerviosa pues de todas formas a mí me iba a “bolsiar” primero (no había nadie más adelante de mí), y pues le dije a uno de los hombres -”no tengo más que esto”- y le di las monedas que llevaba, soqué para que no me dijera nada porque a otros si les quitó más dinero…. la verdad tuve suerte, esperaba que me quitaran mi mesada
. Para no hacer más larga mi anécdota, cuando llegamos a la Roosevelt, a la altura del Castillo Venturoso ya se habían tirado del bus.
Y esto es cosa de todos los días, sólo es una ruleta rusa y hoy me tocó a mí. ¿Triste no?

